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Diana de Brea nos da una clase magistral en este artículo sobre cómo escribir feelgood, de una manera sencilla y delicada.

Hoy no voy a ser yo quien escriba este artículo. Si no una escritora experta en dejarnos con una sonrisa en los labios con sus novelas feelgood.

Diana de Brea es lectora voraz y autora de novelas de romance feelgood y contemporáneas con una marcada sensibilidad literaria. Sus historias combinan emoción, delicadeza y esperanza, con personajes que evolucionan, vínculos auténticos y escenarios que invitan a quedarte a vivir en un entorno de calma.

Especializada en crear ambientes íntimos y narrativas que abrazan lo cotidiano, Diana conecta con lectoras que buscan algo más que evasión: momentos de verdad.

Además de escribir ficción, comparte su experiencia en escritura creativa y vida cozy-feelgood (confort y bienestar) a través de su newsletter, Las Cartas Feelgood, en Substack, donde inspira a otras mujeres a escribir con calma, belleza y profundidad.

Te dejo con ella y sus consejos sobre cómo escribir feelgood.

Hay quien todavía cree que las novelas feelgood son historias felices, a veces simples, mal comparadas con las películas sensibleras de final feliz de los domingos por la tarde. Te aseguro que no es eso.

Son historias de esperanza.

Surgido en Gran Bretaña durante los oscuros días de la Segunda Guerra Mundial, el género feelgood emergió como una respuesta literaria esperanzadora frente a la adversidad: un tipo de narrativa que no niega la realidad, pero elige centrarse en lo que está bien, en lo que sigue siendo digno de esperanza. Estas novelas se articulan en torno a una atmósfera acogedora y evocadora, donde los personajes, lejos de buscar la perfección, muestran su mejor versión dentro de lo posible, incluso en un mundo caótico (real o emocional), y lo hacen con una mezcla de calidez, sentido del humor y una actitud decididamente optimista. El feelgood no se limita a ofrecer finales felices —aunque los incluye como parte de su esencia—, sino que construye, a través de sus paisajes, de vínculos y de gestos cotidianos, una narrativa amable que reconcilia al lector con la belleza sencilla de la vida. Son historias que transcurren en lugares que invitan a quedarse, entre personas que dejan huella, con escenas donde el encanto no es superfluo, sino el modo en que se afrontan las heridas. En su núcleo, estos relatos sostienen una mirada comprometida con valores tan necesarios como la empatía, la solidaridad, el amor sincero y la amistad verdadera, creando no solo entretenimiento, sino también refugio emocional y una forma de bienestar que perdura más allá de la última página.

Dos ejemplos muy feelgood en entornos dramáticos es la novela La sociedad literaria y del pastel de piel de patata de Guernsey, de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows, y la serie From the scracht (basada en una novela), y te aseguro que no son mundos perfectos.

El feelgood es una forma de mirar el mundo desde dentro de la historia.

El entorno no es un escenario: es la emoción más pura para escribir feelgood

Se habla mucho del entorno en estas novelas, de lo cozy o confortable y cálido. Casi siempre van juntos, pero no tiene por qué. Puede haber mucho té y chimeneas que crepitan y no ser feelgood, y al revés.

El entorno es importante por lo que tansmite: antes de que los personajes hablen, de que se deslice el primer roce o la primera herida, de que la trama avance o el lector sepa siquiera el nombre de la protagonista, ya ha sucedido algo. Una emoción ha entrado en escena. Y no lo ha hecho de frente, sino por el rabillo del ojo, gracias a un susurro, o al aire que acaricia y recorre cada fibra de la piel.

Eso es el entorno. No la plaza o la casa rural, ni la librería con café. El entorno es el tono emocional que sostiene la historia. Es el modo en que la luz cae sobre el suelo, el silencio que hay cuando dos personajes no se atreven a hablar, la forma en que el viento levanta una carta que nadie ha leído todavía, la brisa que eriza la piel o el gesto que encoge el corazón.

Cuando te decides a escribir feelgood, estás hablando de emociones que transforman. Y por eso el entorno debe transformarse también. No describas lo que ves, escribe lo que sientes.

Un campo no es solo un campo: es la promesa de un reencuentro o el lugar donde una historia terminó.

Un tren no es un tren: es lo que se aleja o lo que vuelve.

Una casa junto al mar puede ser consuelo o aislamiento, según lo que tu protagonista necesite aprender.

La clave está ahí: preguntarte no qué se ve, sino qué se siente.

Antes de escribir una escena, detente y piensa:

  • ¿Qué quiero que sienta la lectora aquí?
  • ¿Qué quiere evitar la protagonista?
  • ¿Qué la consuela, qué la incomoda, qué le da vértigo?

Elige dos o tres emociones. Déjalas caer en el texto como quien enciende una lámpara suave en una tarde de invierno. Eso es lo que recordará la lectora. No el número de árboles, ni el estilo del edificio. Se quedará con cómo se sintió al entrar en el mundo que has creado.

Para ello, no es necesario cargar la prosa de adjetivos ni llenar párrafos de detalles. Basta con elegir los adecuados, la combinación perfecta de las palabras que evoquen un sonido, olor, textura… Algo que se pega a la piel.

El entorno se escribe con los sentidos, no con descripciones objetivas.

No olvides que también se escribe con historia. Pregúntate después:

  • ¿Por qué importa este lugar (y no otro)?
  • ¿Qué dice sobre el personaje?
  • ¿Qué vínculo emocional hay con él?

Una librería puede ser simplemente bonita y acogedora, pero si era el sueño de una madre que ya no está, o el refugio donde se escondió alguien herido, ya es otra cosa. Entonces esa librería late. Y cuando late, deja huella.

Haz que cada lugar cuente algo que no se dice y que cada espacio hable del alma de quien lo habita. Ahí está el verdadero poder del entorno.

Y sí, deja que evolucione. El entorno es espejo del viaje emocional y, cuando ese espejo se mueve, lo que refleja también se transforma.

Apuntando al corazón de la lectora

Cuando una escritora de romántica decide introducir ese tono en su narrativa, lo que hace es tender un hilo invisible entre su historia y el corazón de quien la lee. Un hilo que sostiene y ofrece una sensación de refugio. Eso solo se consigue cuando se escribe desde una mirada honesta, sensible y técnicamente atenta. Aunque parezcan novelas sencillas, son difíciles de escribir si quieres dar el tono adecuado y la combinación de palabras que sumen y evoquen.

Una novela feelgood no evita el conflicto, pero es cierto que lo humaniza. Deja espacio a la ternura, a la dignidad, a los pequeños momentos que sostienen a los personajes en un mundo imperfecto. No recurre al drama por el drama, sino que le busca sentido. En mis novelas de romance feelgood hay siempre un tema secundario, de fondo, que atraviesa la historia (el miedo, las relaciones tóxicas, el abandono…), de manera que los personajes recorren un camino de superación, de entendimiento y nuevas oportunidades.

Claves que pueden ayudarte para dar un toque feelgood a tus novelas:

Y ahora lo que, como escritora, más te puede interesar:

— Empieza por el tono emocional. Antes de pensar en el escenario o en los diálogos, pregúntate qué quieres que sienta la lectora en esa escena. No describas lo que se ve: transmite lo que vibra. Lo importante es cómo lo cuentas, no lo que hay.

— Sostén la atmósfera. El feelgood se construye con una atmósfera envolvente y cálida. Esa atmósfera debe mantenerse con coherencia a lo largo del relato. Puedes ir de la risa al llanto, de la pérdida al consuelo, pero no puedes romper la promesa emocional que hiciste al principio. Crea un clima emocional que se sienta hasta en los peores momentos.

— Dale valor a lo cotidiano. No todo tiene que ser grande para emocionar. En el feelgood, lo importante muchas veces está en lo pequeño, en los detalles y gestos. Tu historia puede tener giros, pero no necesita de grandes estruendos. Necesita verdad.

— Escucha el ritmo interno. El tono feelgood pide un tempo narrativo más íntimo. No te precipites. Deja espacio al respiro, a las sensaciones, a los matices. Alterna escenas con más tensión con momentos que permitan detenerse. Tu historia será más envolvente si no tiene prisa por llegar al final.

— Cuida la transformación emocional. Lo que más conmueve en una novela feelgood es la forma en que los personajes, sin olvidar su dolor, encuentran una salida, una forma de recomponerse. No hace falta que terminen en el lugar ideal y perfecto, pero sí que sientan que pueden empezar de nuevo. Ese movimiento interno es el alma del feelgood —creer en una misma—.

— Evita el cinismo. El feelgood no es ingenuo, pero sí comprometido. Hay ironía, sí, pero también ternura. Hay crítica, pero nunca desde el desprecio. Si decides escribir en este tono, la forma en que miras a tus personajes importa tanto como lo que les haces vivir.

— Confía en la sensibilidad. No subestimes el poder de lo sutil. No necesitas justificar cada emoción, ni explicar lo que ya se ha sentido y que se entiende por sí solo. Confía en lo que sugiere una mirada, un gesto, una frase que no termina de decirse. El feelgood no se explica, pero deja huella.

Y sobre todo, recuerda esto:

Escribir feelgood no es para evitar el dolor. Escribes para dar un poco de paz y para acompañar. Las novelas feelgood no buscan que todo sea perfecto, ni la sensiblería gratuita y excesiva. Solo quiere que algo, lo que sea, esté bien y encaje en un mundo imperfecto, que la lectora se sienta bien después de leerte (con el corazón calentito) y sepa que un mundo mejor es posible.

¿Te gustan estas historias? ¿Las habías mirado desde este punto de vista?

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Diana de Brea

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Sobre mí

Soy escritora en Penguin Random House, y formadora de escritores.

Despertar mi poder creativo fue uno de los pasos más importantes de mi vida.

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